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Aprender del mundo desde Komba

En un mundo donde la multiculturalidad se ha convertido en una ventaja competitiva, comprender y convivir con distintas formas de vida es mucho más que una experiencia: es una lección profunda…

Por Paulina Viramontes Trigo Edición 8 · Ene - Jun 2026 3 min de lectura
Imagen: Business Leaders, edición 8, pág. 64.

En un mundo donde la multiculturalidad se ha convertido en una ventaja competitiva, comprender y convivir con distintas formas de vida es mucho más que una experiencia: es una lección profunda sobre lo que significa ser humano. En mi caso, esa lección llegó desde el otro lado del mundo, en una pequeña isla de Madagascar llamada Nosy Komba.

Durante tres meses formé parte de un programa con la organización MRCI, donde enseñaba inglés a niños, adolescentes y adultos. Mi tarea parecía sencilla, pero la realidad fue todo un reto: al principio, ninguno de mis alumnos entendía lo que decía, y yo tampoco podía comunicarme con ellos.

Entonces decidí dibujar.

En el pizarrón, en hojas, en la arena... y de pronto las risas aparecieron. Las palabras sobraban. Descubrí que la comunicación más genuina no siempre necesita idioma, porque las sonrisas, la curiosidad y la alegría tienen su propio lenguaje universal.

Con el tiempo, la barrera del idioma se desvaneció. Recuerdo mi última clase en la universidad local: después de mucho trabajo, logramos mantener conversaciones completas en inglés. Fue uno de los momentos más gratificantes de mi vida. Entendí que mi presencia había significado algo para ellos, y ellos habían dejado en mí una huella que jamás se borrará.

Vivir en Nosy Komba me permitió sumergirme en la cultura malagasy, una sociedad que vive con sentido de comunidad y amor por su tierra. La gente me enseñó el verdadero valor de la gratitud y la felicidad simple: bailar descalzos al ritmo de la música, compartir comida con quien pasa, celebrar la vida aunque haya poco. Ver a los niños sonreír por un vaso de agua fresca o emocionarse con una canción me recordó que la alegría no depende de lo que se tiene, sino de cómo se vive.

Entre los muchos recuerdos, hay uno que me marcó de manera especial: una mañana, mientras viajábamos en un pequeño barco hacia otra isla para dar clases, el motor se apagó. Quedamos varados durante horas en medio del mar. Yo estaba asustada, pero los locales permanecían tranquilos, incluso sonrientes. El capitán me miró y dijo: “Mora Mora, Paulina.” No entendí en ese momento, pero al llegar pregunté qué significaba. Me explicaron que Mora Mora es una frase esencial en Madagascar: “calma, no hay prisa, disfruta el momento”. Esa idea resume la filosofía de vida en la isla, una que contrasta con el ritmo acelerado al que solemos vivir.

“Mora Mora” se volvió mi mantra. Tanto así que, al volver a México, decidí tatuarlo en mi piel. Porque esa frase simboliza la transformación que viví: aprendí a mirar la vida con otros ojos, a disfrutar el presente, a dejar de correr sin sentido y valorar los pequeños instantes que construyen la felicidad con el asombro que tiene un niño.

Esa experiencia cambió mi forma de ver la educación, el trabajo y la vida misma. Comprendí que cuando haces algo con pasión y amor y eso impacta positivamente a alguien más, estás en el camino correcto.

Nosy Komba me regaló más que paisajes o recuerdos: me enseñó que la verdadera riqueza está en las conexiones que hacemos y en la capacidad de aprender de los demás. Hoy sé que el mundo no necesita que todos seamos iguales, sino que seamos capaces de entendernos en nuestras diferencias.

Y cada vez que la vida se acelera, cierro los ojos, respiro hondo y me repito: MORA MORA.

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