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Cuando el mundo se convierte en maestro
Hablar de multiculturalidad es fácil. Se menciona en conferencias, aparece en discursos corporativos y suele incluirse en muchas estrategias de innovación.
Hablar de multiculturalidad es fácil. Se menciona en conferencias, aparece en discursos corporativos y suele incluirse en muchas estrategias de innovación. Sin embargo, pocas veces pensamos qué significa convivir con personas que ven el mundo desde perspectivas completamente diferentes. Para mí, ese entendimiento no llegó de libros ni expertos, sino de dos experiencias que se convirtieron en verdaderas enseñanzas de vida: viajes que transformaron mi forma de trabajar, de crear y de relacionarme con los demás.
La primera ocurrió en Londres, donde llegué con la expectativa de mejorar mis técnicas culinarias en un curso intensivo de pastelería. Lo que no imaginaba era que compartiría el espacio con personas de todo el mundo: Perú, Filipinas, Reino Unido, Estados Unidos y muchos otros países, todos con historias muy distintas a la mía. En los primeros días, un ejercicio sencillo se volvió clave para entenderlo todo. Colocaron una mesa llena de frutas de diferentes regiones y nos pidieron elegir una que representara a nuestro país.
Después, debíamos mostrar cómo la cortábamos, qué preparábamos con ella y qué papel tenía en nuestra vida cotidiana. Ese momento, que parecía solo una dinámica introductoria, se convirtió en una conversación sobre identidad, tradición y contexto. Para algunos, la fruta estaba ligada a un recuerdo familiar; para otros, representaba una técnica o un significado cultural.
Ahí entendí que, para aprender de verdad, no bastaba con dominar una técnica; necesitaba escuchar, observar y dejar a un lado lo que daba por hecho.
Después de vivir la multiculturalidad a través de la cocina, me tocaba entenderla desde otro ángulo. Llegué a Nueva York, una ciudad donde el arte, los acentos y las historias conviven en cada esquina. Entré a un curso de fotografía donde nuevamente coincidí con gente de distintas partes del mundo. Las barreras lingüísticas eran evidentes, pero nunca se volvieron un límite real, porque el lenguaje visual rápidamente se convirtió en el espacio donde todos podíamos entendernos.
Durante ese tiempo desarrollé Subtle Touch, un proyecto centrado en el contacto humano como elemento universal. Salí a las calles a fotografiar gestos cotidianos entre personas de diferentes orígenes: un saludo, una mano que acompaña, un abrazo espontáneo. Observé cómo ese contacto generaba una sensación compartida de cercanía y pertenencia.
Entendí que la multiculturalidad no se limita a convivir con personas de otras culturas, sino a reconocer los puntos en los que la experiencia humana es común. Esa conexión no requiere idioma; requiere apertura.
Ambas experiencias me demostraron que la multiculturalidad no se aprende desde la distancia. Se vive cuando llegamos dispuestos a escuchar, observar y cuestionar nuestras certezas. Llegar con la mente abierta me permitió enriquecerme con perspectivas que jamás hubiera imaginado y confirmar que las diferencias amplían nuestra forma de entender el mundo.
Gracias a esa apertura también conocí a personas que hoy son de mis mejores amigos, vínculos que nunca habrían surgido si me hubiera quedado dentro de lo familiar.
Entendí que la multiculturalidad no es una tendencia empresarial: es una manera de relacionarnos que transforma cómo trabajamos, creamos y construimos comunidad. Porque cuando realmente nos abrimos a otras miradas, no solo entendemos mejor el mundo, también nos entendemos mejor a nosotros mismos.
Léelo en la revista
Business Leaders · Edición 8
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