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El valor de equivocarte a tiempo
Crear una llave desde cero y probarla en infinitas cerraduras hasta encontrar la correcta no suena muy lógico.
Crear una llave desde cero y probarla en infinitas cerraduras hasta encontrar la correcta no suena muy lógico. Lo más inteligente sería elegir primero la cerradura y después diseñar la llave para abrirla. Emprender funciona igual: empezar un proyecto y esperar a que “algún día” encuentre a su audiencia no siempre es la mejor estrategia.
Este es solo uno de los muchos aprendizajes que he obtenido desde que comencé a emprender hace dos años. Y es que empezar un proyecto a una edad temprana es, quizá una de las mejores decisiones que podemos tomar para construir una ventaja competitiva real hacia el futuro.
Aun entendiendo esto, comenzar temprano no es sencillo.
Como todo cambio importante, emprender también aterra. Y a esta edad, esos miedos se sienten todavía más grandes: miedo a “desperdiciar” los años de juventud, a no ser tomado en serio, a fracasar frente a quienes te conocen o a competir con expertos mientras tú apenas estás aprendiendo. Pero lo curioso es que, cuando miras de cerca, descubres que casi nadie sabía realmente lo que hacía cuando empezó. Solo decidieron hacerlo.
Cuando empecé, tuve la suerte de escoger un producto que en ese momento estaba en tendencia. Y digo suerte porque, honestamente, ni siquiera lo sabía. Ese primer negocio, aunque duró poco, fue un éxito total. Me hizo pensar que crear algo nuevo que generara impacto era casi sencillo. Con esa confianza seguí avanzando a ciegas, lanzando proyecto tras proyecto... hasta que un día, mi suerte se acabó.
La idea que creí que revolucionaría el mercado algo ingenuo de pensar a los 16 años y sin experiencia terminó siendo un fracaso rotundo. Invertí tiempo, capital y una enorme cantidad de energía en un proyecto que no tenía pies ni cabeza, que en realidad había nacido casi improvisado.
Pasaban los meses y no lograba cerrar ni una sola venta, pero aún así me aferraba a la creencia de que el trabajo duro lo era todo y que, si mantenía el ritmo, tarde o temprano llegaría ese día en el que finalmente triunfaría.
Esta experiencia, aunque muchos podrían llamarla un fracaso y tampoco podría llamarla un éxito, no hizo más que llenarme de aprendizajes.
Entendí que el trabajo incesante no sustituye la falta de claridad. Puedes esforzarte tanto como quieras, pero si no sabes a quién te diriges, qué problema resuelves y qué valor aportas, todo ese esfuerzo no te lleva a ningún lado. Antes de crear hay que detenerse a pensar e investigar; y antes de insistir, hay que asegurarse de que estás caminando en la dirección correcta.
Más tarde entendí que, así como emprender joven no te hace mejor que los demás, tampoco se trata de competir o “ganarle” a alguien. Emprender temprano simplemente te da un margen para equivocarte sin que el costo sea tan alto como para afectar tu vida personal o profesional. No es una ventaja directa, pero sí una oportunidad: la oportunidad de aprender lecciones que, más adelante, tendrán un peso mucho mayor.
Por eso, si algo me queda claro después de estos dos años de experiencia, es que dar el primer paso para emprender también significa dejar atrás los miedos y viejas creencias.
No necesitas tener todo resuelto antes de empezar. Puedes permitirte fracasar. Y, al final, a los demás no les importa tanto lo que estás haciendo como tú crees. Emprender joven es una ventana enorme para crear, conocerte y aprender en el camino.
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Business Leaders · Edición 8
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