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La hipocresía de la multiculturalidad mexicana

México presume su diversidad cultural. Pero solo cuando no incomoda…

Por Giselle Mercado Barrón Edición 8 · Ene - Jun 2026 3 min de lectura
Imagen: Business Leaders, edición 8, pág. 70.

México presume su diversidad cultural. Pero solo cuando no incomoda demasiado.

Nos gusta decir que somos un país lleno de raíces, tradiciones y cultura. Lo repetimos en discursos, turismo y celebraciones nacionales. La diversidad se convierte en motivo orgullo cuando aparece en los lugares correctos: en festivales, museos, gastronomía.

Pero la historia cambia cuando esa diversidad deja de ser símbolo y se vuelve parte del día a día. Cuando habla en otra lengua, cuando viene de otra región o cuando nos recuerdan un origen que muchos preferirían mantener a distancia.

Entonces la Multiculturalidad deja de ser orgullo y empieza a convertirse en incomodidad.

México celebra su diversidad cultural, México también aprende a ignorarla.

¿Cuántas veces ignoramos o despreciamos a quienes encarnan esa diversidad que tanto presumimos?

Y cuando presumes a México, cuando gritas con orgullo lo mucho que amas a este país, ¿a qué te refieres realmente? ¿ A sus paisajes, su gastronomía y sus tradiciones? ¿O también a las comunidades que hoy sostienen esa multiculturalidad que tanto nos gusta mostrar al mundo? México es, sin duda, un país digno de admirar.

Pero detrás de todo aquello que solemos celebrar están las comunidades que lo conservan, que lo iniciaron y que continúan manteniendo vivas muchas de esas raíces.

Y aún así, nos damos el lujo de ignorarlas.

Nos gusta pensar que vivimos en un México multicultural. Un país que presume su diversidad ante todos. Pero, ¿Cómo podemos sostener esa idea cuando muchas comunidades siguen sin tener un espacio real dentro de la sociedad que dice celebrarlas?

Hoy vivimos en una sociedad que celebra la multiculturalidad. Nos gusta habla de inclusión, de la coexistencia de diferentes culturas como un signo de progreso.

Pero esa narrativa pierde fuerza cuando ignoramos la multiculturalidad que existe dentro de nuestro propio país. Porque presumir diversidad es fácil.

Convivir con ella, aparentemente, no tanto.

Tal vez el problema no es que México no sea multicultural. El problema es que muchas veces preferimos que esa multiculturalidad exista siempre y cuando no incomode demasiado.

En México, donde esta diversidad es motivo de orgullo, existen 68 lenguas indígenas y más de la mitad están en riesgo de desaparecer. No porque falte historia, sino porque esa diversidad todavía no tiene un lugar real dentro del país que resalta su existencia.

Pero fuera del discurso, el racismo y clasismo siguen marcando distancias: en las burlas a los acentos, en las miradas despectivas, en palabras como “indio” o “naco” usadas para degradar aquello que después se presume como orgullo nacional, y en la forma en que muchas personas aprenden a ocultar su lengua, su origen o su identidad para poder encajar. ¿Cómo puede un país llamarse multicultural si permite que sus propias lenguas mueran?

Porque esas culturas no son símbolos decorativos de un simple discurso. No son patrimonio que admirar a distancia cuando se habla de México. No son monumentos. No están aquí para verse bien en folletos turísticos ni para parecer como prueba de nuestra riqueza cultural. Son sociedades vivas.

Comunidades que hoy existen, que siguen formando parte del país y que, a pesar de sostener parte fundamental de su identidad, muchas veces son tratadas como si pertenecieran a otro tiempo o lugar.

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