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Multiculturalidad, ¿estamos preparados?

A más de 12 años de mi llegada a Inglaterra para realizar mi doctorado, recuerdo los primeros días en aquellas juntas de los lunes, más allá del clima, el acento o la comida, lo que verdaderamente me…

Por Dr. Jonathan Sánchez Edición 8 · Ene - Jun 2026 4 min de lectura
Imagen: Business Leaders, edición 8, pág. 20.

A más de 12 años de mi llegada a Inglaterra para realizar mi doctorado, recuerdo los primeros días en aquellas juntas de los lunes, más allá del clima, el acento o la comida, lo que verdaderamente me parecía sorprendente era la convivencia con personas de los lugares más recónditos del mundo, la India, China, Medio Oriente, Europa del Este, África y América Latina o países de los que jamás había escuchado su existencia. Cada uno con formas distintas de comunicarse, de trabajar, de disentir y de convivir. Al inicio me parecía extraño, a veces raro. No porque hubiera un conflicto abierto, sino porque yo no estaba acostumbrado a ver personas rezando a determinada hora del día, a usar determinadas ropas, a comer determinadas cosas, básicamente no estaba acostumbrado a ese nivel de diversidad cultural en un mismo espacio académico y profesional. Crecí en el México de los años noventa, en un entorno donde lo “normal” era que todos mis compañeros compartieran idioma, referencias culturales y, en muchos casos, una visión del mundo muy similar. Tener compañeros extranjeros era algo poco común y, cuando sucedía, solían ser casos muy aislados. La multiculturalidad no era parte del día a día en México, sino una excepción. Esa realidad marcó a toda una generación que hoy ocupa puestos clave en universidades, centros de investigación y empresas.

Sin embargo, el mundo cambió. Y México también.

En los últimos años es cada vez más común ver comunidades extranjeras estableciéndose en distintas ciudades del país. Los flujos migratorios, la llegada de capital extranjero, la posibilidad del trabajo en línea, han permitido que personas de diferentes nacionalidades lleguen a trabajar o emprender a México. Con su llegada, traen otros idiomas, otras formas de organización, otras expectativas laborales y otras maneras de entender el tiempo, la jerarquía o el trabajo en equipo. Muchos de ellos ya no son visitantes temporales: hacen vida en México, colaboran con mexicanos y forman parte activa del ecosistema productivo y tecnológico.

Esto nos lleva a una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿estamos preparados en México para afrontar esa diversidad?

En entornos tecnológicos y académicos, la multiculturalidad no es un adorno, es una condición estructural.

La innovación surge, en gran medida, del contraste de ideas, de la fricción entre distintas formas de pensar y de resolver problemas. Equipos homogéneos tienden a reproducir soluciones conocidas; equipos diversos tienen mayor potencial para cuestionar supuestos y generar propuestas disruptivas. No obstante, esa diversidad también trae retos: malentendidos culturales, estilos de comunicación distintos, conflictos en la toma de decisiones y choques de expectativas.

Aceptar la multiculturalidad no significa sólo “tolerar” al otro. Implica desarrollar competencias que rara vez se enseñan de manera formal: escucha activa, empatía cultural, flexibilidad cognitiva y la capacidad de trabajar con la ambigüedad. Implica reconocer que nuestra forma de hacer las cosas no es la única ni necesariamente la mejor, y que colaborar con personas de otros contextos exige adaptación mutua.

En mi caso, con el paso de los años y la experiencia acumulada, mi forma de ver esa diversidad ha cambiado de manera profunda. Hoy observo estos entornos multiculturales desde la empatía, entendiendo que la incomodidad inicial —propia o ajena— suele venir del desconocimiento y no del rechazo. Haber sido extranjero, adaptarme a códigos sociales distintos y aprender a comunicarme en contextos donde no compartía todas las referencias culturales me permitió reconocer lo complejo que es “llegar” a un lugar nuevo. Esa vivencia transformó mi manera de relacionarme con colegas de otros países y de valorar el esfuerzo que implica integrarse, no solo en un espacio laboral o académico, sino en una cultura completa.

México enfrenta hoy un reto importante para los siguientes años respecto a la llegada de un entorno que hasta no hace mucho era extraño. Bajo las condiciones actuales es necesario construir espacios verdaderamente incluyentes para quienes llegan y deciden hacer de este país su hogar. Incluir no significa diluir identidades ni forzar asimilaciones, sino generar condiciones para el diálogo, el respeto y la colaboración.

Pero la responsabilidad no es unilateral. Así como México debe abrirse a sus nuevos ciudadanos, quienes llegan también enfrentan el desafío de comprender la cultura que los recibe: sus tiempos, sus valores, su historia y sus formas de convivencia. La multiculturalidad no consiste en reemplazar una cultura por otra, sino en enriquecerla. Cuando ambas partes entienden que el objetivo no es cambiar lo que somos, sino aportar desde la diferencia, la diversidad deja de ser un reto y se convierte en una oportunidad colectiva.

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